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Sevilla

ESE LUGAR AL QUE LLAMAMOS FUTURO

en abril 6, 2021

Es inevitable pensar en el futuro, es como mirar un paisaje sin alejar la vista en el horizonte.
Todo es importante, claro que sí, lo cercano y lo lejano. Esa mirada nos da la perspectiva de hacia dónde queremos ir. Nos ayudará a tomar decisiones en nuestro camino. Sin embargo, a medida que lo transitamos, podemos volver a elegir, porque la mirada nos ha cambiado. Porque las necesidades son otras.
Ser flexible y aceptar cada momento, es importante. Es necesario aceptar nuestros errores, el ser humano es imperfecto. No seas tan duro contigo ni con los demás.
También es cierto que lo que no vemos y conocemos provoca incertidumbre, incluso miedo. Pero ¿cuántas veces nos ha traído oportunidades, sorpresas y alegrías? No pienses en el peor de los escenarios. Es tu miedo poniéndote en alerta.
Al final te darás cuenta que aquello que habías imaginado es mucho más que lo real. Que las dificultades no son tan grandes, ni los desafíos tan costosos.
Sufrimos antes de llegar a ese destino, a ese lugar al que llamamos futuro. Piensa en todas tus fortalezas, aquellas que pusiste en marcha en aquel momento tan difícil. Lo superaste, seguro que sí. Somos seres supervivientes. Tampoco estás solo, ni sola.
La idea es recordarte que vives en el presente. De centrarte en el aquí y el ahora. Habrás oído hablar del mindfulness, la atención plena al momento, ¿Qué difícil verdad?, pues es necesario. No sólo porque es al fin y al cabo el momento que importa. Porque también ayuda a vivir más tranquilos, más serenos, más felices. Confía en la vida, confía en ti.
Leí esta frase en un post:
«Cuida el presente porque en él vivirás el resto de tu vida»
Feliz comienzo de semana
Un abrazo, Eva

Sanar tu mente y tu cuerpo: perdonar.

en junio 1, 2020

«A medida que crecemos descubrimos que tenemos dos manos, una para ayudarte a tí mismo, y otra para ayudar a los demás» (Andrey Hepburn)

Hoy pienso que en  este poder se centra el acto de perdonar. Compartimos como siempre unas pinceladas que os inviten a reflexionar.

El ser humano no es infalible. Tenemos las mismas posibilidades de acertar que de equivocarnos. A veces herimos intencionadamente. No es cierto que la mejor defensa sea un buen ataque. El mejor ataque es pertrecharnos de valores. Entender a quien nos daña desde el odio, desde el rencor, desde la venganza, desde la rabia, desde el orgullo. Por muy preparados que estemos, siempre habrá situaciones que escapen a nuestro control. Las emociones no se dejan maniatar con nudos. Son como el agua que no podemos atraparla con las manos. Como la niebla que es imposible apresar entre los dedos.

En otras ocasiones lastimamos a otra persona sin darnos cuenta. Quizás por falta de tacto. Por un ejercicio de torpeza por nuestra parte. Nadie está libre de la ignorancia. Quizás por impericia. No podemos entrar en la cabeza del otro y el mensaje que arrojamos a la calle puede ser interpretado de mil formas distintas. Nos resulta inmenso el mundo de afuera. Y, sin embargo, es el mundo interior el que no tiene límites, el que no se puede trazar en un plano, el que improvisa a cada instante, el que ha de resolver el enigma del presente. Así es cómo actuamos consciente e inconscientemente.

Cuando somos nosotros quienes recibimos la ofensa, parece que el panorama es distinto. Pero en realidad es el mismo. Debemos aprender a gestionar las cicatrices. Y solo hay una forma: a través del perdón. Es cierto que el mordisco ha atravesado la piel. Pero los dientes solo se clavan una vez. Es el recuerdo quien acude a la mente para reproducir el daño recibido. ¡Qué importante es el olvido! ¡Qué útil es no guardarlo en la carpeta de asuntos pendientes como un enigma sin resolver! ¡Qué sano es saber cerrar las páginas que se han leído! No caigas en la trampa de repetir una y otra vez el mismo episodio.

Con el tiempo nuestro cerebro no evoca los hechos tal y como han sucedido. Nos volveríamos locos si pudiéramos conservar todas nuestras vivencias con el más mínimo detalle. Recordar es volver a vivir. Y nos inventamos las lagunas que empieza a descoser la memoria. Es absurdo reabrir los puntos de sutura. No existe ningún beneficio a la hora de remover los pasos ya dados.

Cuando tú ves una película y la quieres contar a los amigos, hay detalles que se pierden. Es un mecanismo de defensa. No puedes retenerlo todo. Te quedas con algunos datos y, conforme te alejas del incidente, hay una distancia considerable de por medio, añades elementos nuevos que no estaban, que nunca habían formado parte de ese universo. Pero tú crees que sí. Los tomas como auténticos. El dolor sigue vivo cada vez que lo rememoras. Sigue ahí. Depende de tu conducta que rompas con ese hilo invisible que te ata a la herida y a la persona que rasgó tus entrañas. Corta de raíz el cordón umbilical del sufrimiento. La única forma de liberarte es aceptando que las personas son imperfectas, se equivocan y se dejan llevar por sus necesidades.

Es momento de comprender la naturaleza humana con sus contradicciones. Es momento de soltarnos de la noria del ego, la que sufre innecesariamente, la que siente que se ha cometido una injusticia con su persona. Ya no me agarro al victimismo, a la pena, a la tristeza, al desánimo, al desencanto. Debo huir de ese pensamiento que gira sin descanso en mi cabeza. No estoy dispuesto a conjugar el verbo rumiar. Lo que hacen las vacas. Le dan vueltas una y otra vez a la comida. La mastican incansablemente antes de tragársela. El mismo comportamiento que hacen los niños. Se pasan la bola de un lado al otro de la boca. Nuestros pensamientos también rumian, como el que tiene una postilla en la pierna y no puede evitar arrancarla. Así es imposible la cura. Así salta siempre a la vista el impacto.

Hay que ser valientes para ejercer el poder de perdonar. La seducción de dejarnos en una paz interna sin ataduras de ningún tipo. La magia de liberarnos del pasado como ceniza que no quema si nos centramos en el ahora y delegamos en el olvido.

Eva Mª Márquez Roldán

Alejandro Pérez Guillén

 

Reflexiones acerca de la felicidad

en mayo 28, 2020

En mi última sesión de consulta estuvimos reflexionado acerca de la felicidad, últimamente el confinamiento da lugar a tener pensamientos más reflexivos que de costumbre. Lo compartí con mi pareja, y juntos narramos este escrito para vosotros. Esperamos que os ayude a tomar conciencia de ello y a sentir esa anhelada felicidad en tus manos.

Los mensajes han de ser directos y claros. La felicidad no depende de los demás, ni siquiera de los acontecimientos que se suceden en el día a día. La felicidad no es un objeto perdido al que hay que salir en su búsqueda. Es una actitud. La felicidad está con nosotros. Está en nuestra vida. Ya la tenemos. No hay ido a ninguna parte. Sencillamente hemos estado mirando para otro lado. El único paso que debemos dar es abrir los ojos, darnos cuenta de lo que tenemos, del mundo tan hermoso que gira a nuestro alrededor. Pero, si solamente me quedo con la anécdota, con el detalle, con las circunstancias que estoy atravesando ahora mismo en mi vida y no soy capaz de posar la mirada en mi interior, es lógico que me invada la ansiedad, que la tristeza se hospede sin permiso en una casa donde no es bien recibida.

No podemos negar que se ha decretado un estado de alarma, que el confinamiento puede resultar un ataque a nuestra libertad, que no podemos continuar el ritmo que nos habíamos marcado antes. Las prisas requieren de sus momentos de pausa. Sin embargo, ¿quién nos prohíbe sacarle partido a una situación que no entraba en nuestros planes? ¿Por qué no era la ruta que habíamos trazado de antemano? La vida es improvisación. Es un estado de alerta. Es una obra de teatro donde nos podemos meter en el papel que elijamos. Es un divertimento. No hay frenos. Hay preguntas distintas que requieren respuestas cargadas de imaginación. Si contemplo la realidad de este modo, no hay desastre que nos lleve al naufragio. ¿Qué análisis voy a hacer de mi comportamiento? Aquel que me lleve a ser feliz.

Dejo de lado las circunstancias o juego con ellas. Vuelco toda la atención hacia el lado amable de mi existencia. Y si me detengo a enumerar las carcajadas que he ido derramando en el trayecto, no puedo más que estar agradecido. Hay motivos de sobra para sentirme orgulloso, para recrearme en la dicha. Ese es el verdadero mensaje de la vida. La felicidad brota del corazón, tiene hogar en nuestro ánimo, independientemente de que tengamos un mal día, independientemente de que nos pasen cosas que no esperamos, independientemente de las dificultades transitorias por las que atravesamos. Tan solo es necesario cambiar el enfoque. Modificamos las perspectivas y descubrimos cómo sale el sol tras esas nubes grises que nosotros hemos inventado. Soplemos sin miedo. Somos el viento que empujamos. La fuerza que arrastramos. El amor que llevamos dentro. Hagamos la prueba. Bajo ese manto de sombras, de manera inconsciente, se asoma la sonrisa, aquella que destapamos disfrutando del momento.

Eva M. Márquez Roldán

Alejandro Pérez Guillén