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Sanar tu mente y tu cuerpo: perdonar.

en junio 1, 2020

«A medida que crecemos descubrimos que tenemos dos manos, una para ayudarte a tí mismo, y otra para ayudar a los demás» (Andrey Hepburn)

Hoy pienso que en  este poder se centra el acto de perdonar. Compartimos como siempre unas pinceladas que os inviten a reflexionar.

El ser humano no es infalible. Tenemos las mismas posibilidades de acertar que de equivocarnos. A veces herimos intencionadamente. No es cierto que la mejor defensa sea un buen ataque. El mejor ataque es pertrecharnos de valores. Entender a quien nos daña desde el odio, desde el rencor, desde la venganza, desde la rabia, desde el orgullo. Por muy preparados que estemos, siempre habrá situaciones que escapen a nuestro control. Las emociones no se dejan maniatar con nudos. Son como el agua que no podemos atraparla con las manos. Como la niebla que es imposible apresar entre los dedos.

En otras ocasiones lastimamos a otra persona sin darnos cuenta. Quizás por falta de tacto. Por un ejercicio de torpeza por nuestra parte. Nadie está libre de la ignorancia. Quizás por impericia. No podemos entrar en la cabeza del otro y el mensaje que arrojamos a la calle puede ser interpretado de mil formas distintas. Nos resulta inmenso el mundo de afuera. Y, sin embargo, es el mundo interior el que no tiene límites, el que no se puede trazar en un plano, el que improvisa a cada instante, el que ha de resolver el enigma del presente. Así es cómo actuamos consciente e inconscientemente.

Cuando somos nosotros quienes recibimos la ofensa, parece que el panorama es distinto. Pero en realidad es el mismo. Debemos aprender a gestionar las cicatrices. Y solo hay una forma: a través del perdón. Es cierto que el mordisco ha atravesado la piel. Pero los dientes solo se clavan una vez. Es el recuerdo quien acude a la mente para reproducir el daño recibido. ¡Qué importante es el olvido! ¡Qué útil es no guardarlo en la carpeta de asuntos pendientes como un enigma sin resolver! ¡Qué sano es saber cerrar las páginas que se han leído! No caigas en la trampa de repetir una y otra vez el mismo episodio.

Con el tiempo nuestro cerebro no evoca los hechos tal y como han sucedido. Nos volveríamos locos si pudiéramos conservar todas nuestras vivencias con el más mínimo detalle. Recordar es volver a vivir. Y nos inventamos las lagunas que empieza a descoser la memoria. Es absurdo reabrir los puntos de sutura. No existe ningún beneficio a la hora de remover los pasos ya dados.

Cuando tú ves una película y la quieres contar a los amigos, hay detalles que se pierden. Es un mecanismo de defensa. No puedes retenerlo todo. Te quedas con algunos datos y, conforme te alejas del incidente, hay una distancia considerable de por medio, añades elementos nuevos que no estaban, que nunca habían formado parte de ese universo. Pero tú crees que sí. Los tomas como auténticos. El dolor sigue vivo cada vez que lo rememoras. Sigue ahí. Depende de tu conducta que rompas con ese hilo invisible que te ata a la herida y a la persona que rasgó tus entrañas. Corta de raíz el cordón umbilical del sufrimiento. La única forma de liberarte es aceptando que las personas son imperfectas, se equivocan y se dejan llevar por sus necesidades.

Es momento de comprender la naturaleza humana con sus contradicciones. Es momento de soltarnos de la noria del ego, la que sufre innecesariamente, la que siente que se ha cometido una injusticia con su persona. Ya no me agarro al victimismo, a la pena, a la tristeza, al desánimo, al desencanto. Debo huir de ese pensamiento que gira sin descanso en mi cabeza. No estoy dispuesto a conjugar el verbo rumiar. Lo que hacen las vacas. Le dan vueltas una y otra vez a la comida. La mastican incansablemente antes de tragársela. El mismo comportamiento que hacen los niños. Se pasan la bola de un lado al otro de la boca. Nuestros pensamientos también rumian, como el que tiene una postilla en la pierna y no puede evitar arrancarla. Así es imposible la cura. Así salta siempre a la vista el impacto.

Hay que ser valientes para ejercer el poder de perdonar. La seducción de dejarnos en una paz interna sin ataduras de ningún tipo. La magia de liberarnos del pasado como ceniza que no quema si nos centramos en el ahora y delegamos en el olvido.

Eva Mª Márquez Roldán

Alejandro Pérez Guillén

 

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